La primera cana y el comienzo del fin.

Así es. Cuando estuviste la mitad de tu vida libre, revoloteando por las calles como una quinceañera y diciendo sí a cuanta invitación te ofrecieran; resulta un tanto complicado aceptar que la adultez llegó a tu vida para quedarse. A meses de superar el cuarto de siglo, no quiero ponerme a pensar por ningún motivo que la llegada de los treinta está a la vuelta de la esquina, pero es inevitable obviarlo, sobre todo cuando te miras al espejo y de pronto la descubres: la primera cana. Y sí, con ello el comienzo del fin.
Ya no te tiñes el pelo sólo por gusto; ahora también es por necesidad. Ya no te pones cremas sólo para humectarte; ahora son las arrugas. Ya no puedes decir “soy muy chica para tener hijos”; ahora todos comenzarán a preguntarte por qué no eres madre aún si ya estás en edad. Ya terminó el “hago dieta este mes y chao”; ahora bajar de peso rápido no está dentro de las posibilidades. Ya no puedes lanzarte al carrete desenfrenado, ni mucho menos aplicar “el sutil arte de carretear gratis”; ahora deberás mantener cierta compostura y pagar tus propias cuentas. Si te dicen señora en la calle, lo siento mucho porque ya no estás en derecho de reclamarle al desubicado que lo dijo, ya no.
He escuchado una infinidad de veces a mujeres más grandes decir que la mejor etapa de la vida viene después, tipo 40 años; pero no sé, no me convencen del todo. Será que tengo que vivirlo para poder ratificarlo. Y por más superficial que les pueda parecer a muchos, es un tema que persigue harto, más de lo que una quisiera.
Pero bueno, ya que este es un caso hipotético, no queda más que sentarme a esperar el día en que me mire al espejo y vea la rectificación del comienzo de mi vejez; el día en que bajo las capas y capas de tintura que me he puesto, logre visualizar esa primera cana. Recién ahí comenzaré a lloriquear de modo literal así que, si gustan, hoy pueden ignorarme.
No quieor dejar de ser teenager
Saludos La no tan madura Fram